©2020 by Luis Pizarro

    Vencer los miedos


    Los miedos pueden ser clasificados genéricamente en dos categorías: miedos útiles y miedos inútiles.


    Los miedos útiles son necesarios y nos ayudan a vivir. Por ejemplo, el miedo a ser mordidos por una serpiente que se nos cruce en nuestro camino un día en el que vamos de excursión al campo puede evitar que perdamos la vida.


    Los miedos inútiles son innecesarios y además boicotean nuestra vida. Hay tantos que resulta difícil elegir un ejemplo representativo. Todos podemos detectarlos sin más que echar un vistazo consciente a nuestro acontecer cotidiano.


    Los miedos inútiles forman parte de un pesado equipaje que cargamos en nuestra espalda a lo largo de casi toda la existencia. Son como el contenido de una mochila que hubiéramos preparado para un viaje interminable. Su peso nos impide con frecuencia caminar, pero qué difícil es deshacernos de ellos.


    Los miedos proceden a veces de heridas sin curar y de dolor acumulado. Sus consecuencias son en muchas ocasiones la violencia y la agresividad, el desasosiego y la culpa, entre otros.


    Los miedos adoptan muchas formas: paranoias, neurosis, obsesiones, preocupaciones, ansiedad, etc., pero todos tienen en común la capacidad letal de arruinar nuestra vida.


    San Ignacio de Loyola, ese gran psicólogo adelantado a su tiempo, nos habló de los engaños del mal espíritu, es decir, de las perturbaciones mentales que esa sombra que habita en nuestro interior genera continuamente en nuestra vida. Ese mal espíritu crea una película que proyecta en la pantalla de nuestra mente para inducirnos a creer ciertos contenidos. A través de esa película ficticia nos hace otorgar una importancia excesiva a esos falsos contenidos, que terminan generando en nuestro interior sentimientos muy exagerados pero que en el fondo carecen de base. Una vez que descubrimos el engaño nos hacemos conscientes de que no hay realmente nada detrás, de que todo es vacío, como una burbuja de jabón. En ese momento desdramatizamos, quitamos importancia a lo que antes nos aterrorizaba, de modo que los miedos comienzan en ese instante a perder su poder.


    Por ejemplo, hace unos días alguien me hablaba del miedo que siente a cruzarse con vecinos desconocidos en la urbanización en la que vive (no así con los vecinos conocidos). Al indagar en ese extraño miedo pudimos identificar su objeto, que no era otro que no recibir saludo en respuesta al propio. ¿Por qué razón esta persona siente miedo de no recibir un saludo en respuesta al suyo? Tirando del hilo pudimos detectar su causa. La persona se sentía menospreciada si no recibía saludo y esto provocaba en ella una reacción de agresividad y violencia mentales (no física). Eran estos sentimientos de violencia los que realmente desagradaban a esta persona. Es decir, lo que realmente temía este conocido mío era su propia agresividad. Le sugerí hacer la siguiente reflexión: como principio de partida básico, la gente es solo gente, y por trivial que parezca esta frase contiene un inicio de sanación, porque si la tomamos en consideración nunca nos molestará lo que otra persona haga (sea que nos niegue el saludo o que actúe en la forma en la que desee). Se trata en el fondo de establecer una sana indiferencia hacia los demás, que nos permita desengancharnos de sus acciones y palabras (o la ausencia de ellas).


    Podemos establecer los siguientes puntos básicos en el ejemplo anterior:

    1. En el pasado alguien se sintió menospreciado (en alguna forma) por los demás.

    2. Esto generó dolor y dejó una herida abierta.

    3. En el presente, cuando esta persona se cruza con alguien que no le devuelve el saludo, siente que su herida se abre y esto le suscita frustración y sentimiento de inferioridad que, a su vez, provocan agresividad hacia el desconocido.

    4. Las malas sensaciones anteriores, junto a la violencia mental generada, crean un fuerte rechazo hacia ellas (la persona no desea de ninguna manera sentirlas).

    5. Este rechazo termina provocando un miedo intenso a cruzarse con alguien, no sea que esa persona le niegue el saludo y se desate una reacción agresiva indeseable.


    Cuando nos hacemos indiferentes a los objetos del miedo (pues comprendemos que han sido creados por nuestra propia mente), los miedos simplemente desaparecen. Los miedos son, en el fondo, preocupaciones ficticias. Los objetos que los originan no tienen existencia real.


    En el proceso de desenmascaramiento de los miedos la indiferencia es, pues, una herramienta valiosa.


    El miedo genera una emoción desagradable que deseamos evitar. Esa emoción que sentimos ante el miedo (odio, violencia, enfado, ira, etc), por intensa que sea no es más que una emoción, tan solo una emoción. Podemos observarla en nuestra mente y despojarla de toda importancia. Tenemos la capacidad de desinflarla, de verla tal como es, es decir, totalmente vacía de contenido.


    Procedimiento a seguir ante la emergencia de un miedo:


    1. Identificamos el miedo y la imagen mental que lo genera. Ambos producen oscuridad, tristeza, inquietud, impedimentos, violencia, etc. Son grietas, puntos flacos por donde se cuela el engaño del mal espíritu.

    2. Nos enfrentamos a ese miedo, lo miramos cara a cara, no lo ocultamos. Lo desenmascaramos.

    3. Nos desprendemos de ese miedo. Lo soltamos.

    4. Intensificamos la oración, la meditación, el examen, la paciencia, la indiferencia. Aplicamos nuestro propio esfuerzo sobre la base cierta de nuestro potencial sin límites.

    5. Los entregamos al Ser Infinito (como sea que lo concibamos) para su disolución.

    6. Nos sumergimos en una confianza radical en nuestro propio ser interior, reflejo del Ser Infinito.

    En síntesis:


    Identificación + Enfrentamiento + Desenmascaramiento + Desprendimiento + Intensificación + Indiferencia + Entrega + Inmersión